martes, 10 de abril de 2018

Hasta luego, Señor Apego


En un intento de hacer sitio en mi casa, he decidido dar el paso, de una vez por todas, de deshacerme de todo lo que no sea necesario. Entiéndase como innecesario: objetos inservibles, montañas de papeles, trastos del tiempo de Mari Castaña, y toda clase de cosas que no buscaría conscientemente, porque no sé ni cómo han sobrevivido hasta el día de hoy.

El capítulo de la ropa que no me pongo, hace tiempo que lo superé en un ataque de Feng Shui y, en vez de hacer lo que está de moda, que es intentar venderla en páginas de segunda mano, lo doné todo, con el objetivo de que pudiera servirle a alguien que lo necesitara (o necesitara el dinero tras venderla en Wallapop). El caso es que con la ropa ya soy implacable. Cosa que no uso, no es de mi talla o simplemente me queda como a un santo dos pistolas, va fuera. Fue una pena deshacerme (hace bien poco) de camisetas que mi madre me compró cuando estaba en la EGB o aquel pantalón de chándal modelo stripper con corchetes a los lados con el que hacía como que corría en las clases de educación física en el instituto. Aún conservaba los imperdibles que les coloqué en los bajos para que no se me abrieran, dejando a la vista los calcetines. Sigo pensando que ahí faltaba un corchete.

Heme aquí: en mi taller-estudio-cajón desastre. Mi pesadilla. Debo decir que yo provengo de una larga estirpe de acumuladores. Así es. Familiares de primer y segundo grado de consanguinidad a los que no se les recuerda deshaciéndose de nada que pueda salvarse gracias a una suerte de frases mágicas que comienzan por “esto puede servir para”, “está nuevo”, “esto se arregla”, “son recuerdos” ¡AJÁ!  STOP. Aquí nos detenemos. Hemos dado con el quid de la cuestión. Cuando no hay escapatoria y nos resistimos a tirar algo, apelamos al recuerdo, al supuesto valor sentimental que nos hace incapaces de desprendernos de un objeto.

Como una finca o un Mercedes no me dejan de herencia, he sacado este pseudo síndrome de Diógenes emocional. No pocas veces a lo largo de mi vida, me han entrado ganas de meterlo todo en cajas, sin mirar, indiscriminadamente, y dejarlas en el contenedor para experimentar qué se siente. Son sólo objetos, y sin embargo nos aferramos a ellos como si formaran parte de nuestra anatomía.

¿Pará qué tengo aún los apuntes de las carreras? Alguien puede decir, pues para consultar si tienes dudas. PPPP. ¡ERROR! ¿Qué dudas? Hay una cosa maravillosa llamada Internet que está en constante actualización, y no mis trabajos basados en leyes que no dejan de sufrir modificaciones. Pero ¿y los AZs llenos de apuntes inconexos del BUP? Aún peor, ¡¡los cuadernillos de plástica del colegio!! ¿Qué clase de enfermedad mental tengo? Esto sólo puede significar una cosa: que he estado 28 años de mi vida estudiando y nunca me he deshecho de nada, so pretexto de que “me puede servir”.  

El hilo de cordura que me une al mundo del ser racional, me dice que con cariño y sin ser presa de la nostalgia, una tarde, me dedique a mirar las cosas que escribía, mis tan afamados resúmenes para los exámenes de la universidad, mis dibujos, mis diplomas, los apuntes llenos de corazones y frases lapidarias dignas de cualquier puerta de wc, las carpetas forradas con ídolos de la época (hoy ya decrépitos y fondones), la montaña de revistas de El Jueves que tantas horas de tren me han hecho reír… y una vez mirado todo, que me quede sólo con una caja donde meter cosas que dentro de 20 años me sacarán una sonrisa y me trasportarán a un tiempo en que acumulé logros y fracasos, pero que me recuerde todo lo que aprendí durante mis años de estudiante. Y lo demás, ¡a la basura! Qué bien, qué relajación. Maravillosa sensación de haberte quitado una losa de encima. Ojalá fuera todo tan fácil, ¿no? Lo cierto es que lo es, pero como de costumbre, nos lo impide el miedo.

Más allá de apuntes y libros de texto anticuados, los humanos tenemos querencia a acumular lo que yo llamo “recortes de felicidad”. Como quien recorta piezas de revistas y se hace un collage. Se suele dar con más intensidad en los comienzos de una relación de pareja. Entradas de cine o de un museo, la tarjeta de visita de un restaurante, mapas de ciudades, el botecito de champú del primer hotel juntos, notitas con mensajes que hacen esbozar sonrisas, las hojas secas de una rosa regalada, el díptico de la Catedral de Burgos… no sé. Un sinfín de detalles que atesoramos y no sabemos bien el porqué.  

Mi teoría pasa porque nos agarramos a esos recuerdos por miedo a que no vuelvan a repetirse: “Qué feliz fui ese día en Mijas Pueblo. Por si no siento de nuevo esa sensación, me guardo el ticket del burro-taxi para que, al mirarlo, recuerde la felicidad que sentí”. Eso está muy bien siempre y cuando no te hayas peleado con la persona con la que fuiste o sigas manteniendo ese nivel de alegría en tu mundana vida. De lo contrario, la lectura sería muy diferente: “qué feliz fui con ese cretino y ahora que estoy sola, que infeliz soy”. Y miras el ticket y te arrepientes de haberlo guardado. Pero no lo tiras. Porque ahora tus recuerdos, tus recortes, son lo único que tienes de esa relación y si te deshaces de ellos, tendrás que asumir que se ha acabado. Pasa el tiempo y asumes que ya es historia. Pero los retales siguen ahí. En una caja cerrada y escondida. Pero en tu casa. En tu mente, en realidad. ¿Por qué? Porque tienes miedo a no volver a sentir esa felicidad. Porque tenemos miedo de lo que venga. De lo nuevo. Siempre pensamos que el pasado fue mejor. Que con Pepito de Cuadros fuiste tan feliz, que nunca lo volverás a ser de igual forma. Lo disfrazamos de cariño o de amor, pero en muchos casos es la simple de idea de vernos solos la que nos hace resistirnos a que una historia se acabe, porque sabemos que detrás nos aguarda la ansiedad y la desolación ante la pérdida. Es humano protegerse de aquello que pensamos que nos hará sufrir. Pero el sentimiento no se puede fabricar. Igual que nos negamos a estar con quien no nos gusta (por mucho que se curre el cortejo), tampoco podemos obligar a nadie a que nos quiera o a que se quede a nuestro lado si no lo siente así. Si alguien no es feliz, debe marcharse. Ya sé, el sentimiento de abandono se te clava como un balonazo en el estómago. No lo quieres asumir, pero debes aceptar la marcha de quien no se encuentra a gusto. Igual que cuando has dejado tú, has mirado por ti y has seguido tu camino. No nos queda otra. Y no somos peores ni mejores. No es una cuestión de buenos y malos. Simplemente estamos condenados a ser felices y perseguimos continuamente ese estado de bienestar hasta encontrarlo, y de donde ya no queramos movernos (hasta que esa sensación desaparezca de nuevo, claro).

Tenemos una tendencia natural a desear que nada cambie y que nuestra realidad permanezca tal y como la conocemos. Y todo porque nos resistimos a lo que está por venir. Nos asusta que no nos guste lo nuevo, y por eso lo rechazamos sistemáticamente. No confiamos en lo que la vida nos tiene preparado. Pero no importa porque, aunque no creamos en el universo, el universo sí cree en nosotros. Así que todo lo que está por llegar, será para bien. Y siempre para aprender.


Hoy La vida te enseña que el desapego proporciona una sensación de liberación en el que te das cuenta de que no necesitas nada, sólo a ti mismo. Pero para eso, hay que tirar bolsas llenas de momentos, cajas de rencores, y montones de cartas cuyas palabras están ya huecas de sentido, y de esta forma, dejaremos espacio para que venga lo mejor.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Fotoshock

Como si el ritmo de vida que llevo me dejara mucho tiempo para dejar volar mi creatividad, me hallo empantanada en un proyecto decorativo fotográfico para mi hogar. Ahora se llama un DIY (Do It Yourself - hazlo tú mismo), pero hace diez años eso eran manualidades, de toda la vida. Lo que pasa que ahora esa palabra ha quedado para niños de preescolar que hacen regalos para el día de la madre, o señoras metidas en años pintando figuritas de escayola con témperas.

El caso es que para llevarlo a cabo he tenido que tirar de mi propia hemeroteca. Esto implica desempolvar los clásicos álbumes de tapas burdeos y marrones, compuesto de hojas pegajosas con fondo de rayitas o granito minúsculo.

Tras capturar fotos de bebé con pijamas ochenteros, carritos sin dirección asistida ni ABS, y alguna papilla restregada por la cara, pasamos a los cumpleaños y regalos de Reyes en la tierna infancia. Yo nunca me pude quejar en ese aspecto. Teniendo en cuenta que Sus Majestades tenían que subir cuatro pisos sin ascensor, yo les estaba tremendamente agradecida. Me daba gran alegría ver cómo de los tres cubos de fregar llenos de agua que dejaba en la terraza, los camellos se habían bebido más de la mitad. El año que me trajeron el futbolín, bebieron más.

Fotos de pubertad con aparato en los dientes, primeras gafas graduadas y vestigios de niña aplicada en la escuela, me hacen recordar esos tiempos con cierta paz. Sin embargo, la guerra no tardó en llegar. Malas notas en el instituto, radicales cambios de look, tardes en los billares y mucha luz de bareto enturbian mi mente casi tanto como el polvo de los años acumulado en esas hojas amarillentas.

Algunos de los plásticos que las cubren han sido pegados y despegados tantas veces que sus fotos caen al vacío como piezas de Tetris. Ni la pobre cinta scotch es capaz de subsanar las idas y venidas durante años de retratos donde aparecían personas que entraban y salían de mi vida. Como ese novio del instituto, cuyas fotos guardaba en una caja cada vez que nos peleábamos. "Así aprenderá" – supongo que pensaba yo en aquellas. Después, cuando hacíamos las paces a los dos días, las fotos eran puestas en libertad y devueltas a su hoja pegajosa.

Otras, en cambio, no corrieron la misma suerte, y aún se notan las calvas que dejaron en el álbum. Sin embargo, el pellizco en el estómago viene en forma de fotos mutiladas. Esas a las que les falta un trozo. Pero nada de un corte limpio con tijeras de caja de costura. No. Los restos blanquitos en el borde muestran que fue arrancada con las manos la parte en la que salía la que fuera tu mejor amiga, la cual te engañó vilmente durante cuatro meses mientras se veía a escondidas con tu exnovio. Pero ¿quién se acuerda ya de eso? (un saludo por si me está leyendo, que con esto de las redes sociales, nunca se sabe, oye). Lo más parecido a una venganza semejante hoy en día, sería borrar a ese alguien malévolo de tu lista de amigos de Facebook. Pero el desahogo de esta manera dura un segundo. No es el mismo deporte.

Para los que, como yo, hemos tenido que pasar de darle vueltas al casete con un boli bic a poseer teléfonos sin botones, el paso al mundo de la fotografía digital fue maravilloso. Sobre todo para mí, que en mi pandilla era de las pocas que se llevaba la cámara de carrete a todas partes y luego, como tonta, repartía una copia pequeñita para que mis amigos tuvieran un recuerdo. Así que la simple idea de que iba a dejar de gastarme una pasta en revelados me llevó a hacerme con una cámara digital en cuanto pude. (Vale, sí, papá, me la regalaste tú).

Y como Karina, he removido en mi baúl con forma de disco duro extraíble, miles de fotos desde el año 2004 hasta nuestros tiempos. Ahora que lo analizo, hubiera sido buena idea no guardar tan pronto la cámara analógica, si comparamos la calidad que tenían mis fotos con 15 años con las primeras digitales. Con un dominio mínimo del aparato no controlaba bien el enfoque, el flash, el modo noche, los ojos rojos... algunas fotos tienen más granos que la paella del domingo. No como ahora, que un niño de 12 años en el zoo hace fotos con su iphone y salen listas para enviarlas al National Geographic.

De los tiempos más recientes tengo muchas más fotos, claro está. Pero no son tan auténticas como las de antaño. Se sabe que detrás de una foto tirada con el móvil, hay un mínimo de tres intentos fallidos. Vas modificando la postura hasta que das con la que te encuentras satisfecha. Cero naturalidad. Expresiones forzadas y apariencia constante de felicidad. Y todo, ¿para qué? Será eso que llaman ”postureo” y esa imperiosa necesidad de aparentar una vida ideal.

Posiblemente yo pertenezca a una de las últimas generaciones que ha podido tener una vida privada de verdad. Afortunadamente, nuestras fotos de bebé no han sido publicadas en Instagram, ni nuestros amigos nos han etiquetado en fotos de borracheras adolescentes, cosa de lo que me alegro profundamente. La intimidad ha perdido su valor en la sociedad. Todo vale y todo es publicable, quieras o no. Es una suerte poder elegir si abres un álbum para ver tus fotos. Si te hacen bien o mal. Si las tiras o las guardas. Y no que el Facebook te recuerde qué andabas haciendo tiempo atrás tal día como hoy. Las redes sociales no dejan de ser un pozo sin fondo donde van a parar momentos de nuestras vidas que estamos condenados a revivir. ¿Hay necesidad de que alguien te etiquete en una foto que tú ya habías escondido bajo la alfombra de tu corteza cerebral, obligándote a rememorar un momento nostálgico o incluso doloroso? O simplemente que sales fea como una nevera por detrás. La respuesta es no. No la hay.

Si yo miro una foto mía, soy capaz de recordar cómo me sentía en esa etapa de mi vida. Lo que pensaba, si era feliz, incluso puedo ver, con la claridad que da el tiempo, qué me hacía sufrir en ese momento, aunque lo disimulara con la sonri-foto. La ventaja es que las puedes esconder en el ciberespacio o hacerlas desaparecer con un click, sin arrancarlas ni malgastar papel. Me quedo con las fotos de momentos agradables, con las sonrisas verdaderas y con las poses naturales. Porque no hay nada más natural, que salir mal en una foto. 

Hoy la vida te enseña que da igual si en papel o digitales, las fotos nos teletransportan al momento de ser tomadas, con sus luces y sombras, y que las mejores imágenes son las que viven en tu memoria, al menos mientras no se te vele el carrete.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El pasado, pesado

Por razones que se nos escapan con frecuencia a nuestro entendimiento, cuando las cosas parecen que van por el camino correcto, de repente, ocurre algo y oyes una voz que te dice “Los que crean que lo tienen todo en la vida, que den un paso al frente – No tan deprisa”.

Es como si no nos pudiéramos relajar nunca. Si empiezas a adaptarte a tu nuevo empleo, aparece un compañero que no podría caerte peor. Si estás feliz porque ayudas a alguien, más tarde tienes la sensación de que se ha aprovechado de ti. Si te sientes pleno en tu relación de pareja y piensas que por fin has alcanzado la paz que ansiabas, un nubarrón negro se posa sobre tu cabeza para bajarte un poquito de tu estado de éxtasis.

Sin motivo aparente, empiezas a darle vueltas a cosas que al principio de la relación ni cuestionabas. Esto es debido a la emoción constante que se siente cuando te enamoras de alguien. Los dos individuos piensan que no hay nada en este mundo que pueda enturbiar su pequeño universo paralelo lleno de corazones y tequieros. Se equivocan. A medida que la relación avanza, se van sucediendo una serie de situaciones inevitables a las que se tienen que enfrentar, tales como la convivencia, compaginar las responsabilidades para estar más tiempo juntos, conocer a las respectivas familias y amistades y, como no, sobrellevar el pasado y los posibles flecos que cada uno de los miembros de la pareja traiga en su mochila.

Ay, esa mochila que a veces pesa más que un collar de melones y que, a pesar de la carga que nos supone, no nos resulta fácil deshacernos de esa piedra atada al tobillo. En muchas ocasiones nos aferramos a ella porque es lo que conocemos, y soltarla puede suponer un sentimiento de desamparo aunque nos cause dolor echar un vistazo a su contenido, entre lo que generalmente se encuentran recuerdos con la expareja, planes que nunca se cumplieron, un modo de vida que ya no existe, traumas por situaciones insostenibles y, como no: el miedo a que todo lo malo vivido se repita.

El miedo es la piedra angular de nuestro comportamiento huidizo y de evitación. Huimos de las situaciones que pensamos que nos van a hacer sufrir, aún cuando no podemos tener la certeza de que así será. La razón es que sólo vemos el pasado. Es lo único que hemos vivido y, por tanto, lo único que conocemos. “Una vez presté mi coche y me lo rayaron. Conclusión: ya no lo presto nunca más”. El miedo a revivir lo que nos ocurrió en el pasado es lo que nos paraliza en la mayoría de las ocasiones y dejamos de actuar por la falsa creencia de que eso volverá a repetirse impepinablemente. Pero no podemos saber si pasará o no. Nadie puede predecir el futuro (al menos no sin una baraja de cartas y una túnica multiestampada). Nuestro ego se ocupa de evitarnos el sufrimiento a toda costa, y por eso nos inunda la mente con imágenes dolorosas del pasado, para que se nos quiten las ganas de volver a cruzar el mismo bosque.

Si fuéramos más conscientes, reflexionaríamos sobre el hecho de que, si algo salió mal en el pasado, fue por unas personas y unas circunstancias concretas, y no por el hecho en sí. Quizás prestaste tu coche a un mal conductor. Quizás saliste demasiado tiempo con una persona a la que no amabas. Quizás tendrías que aprender de todas las situaciones y no pensar que han sido en vano.

El miedo es subjetivo, está en nuestras cabezas. De lo contrario, todos tendríamos miedo a las arañas, a volar o a quedarnos encerrados en el baño de un bar. En las relaciones pasa lo mismo. No todas las personas tienen miedo a que su pareja les sea infiel o que encuentre a alguien mejor que tú. Eso es fruto de la inseguridad de cada uno. Si piensas “no soy suficiente para él”: la que piensa que no es suficiente eres tú, pero para ti misma. Piensas que puedes hacer más para estar más satisfecha y no lo haces. “Cualquiera es más guapa que yo y se va a ir con otra que le atraiga más”. Es a ti a quien no le gusta tu propio aspecto. No te quieres como eres. Aprende a aceptarte y a ser feliz sea cual sea tu físico en cada momento. Sólo así podrás estar receptiva para atraer el amor de otra persona.

Con los celos pasa igual. Hay una tendencia, a veces casi enfermiza, a pensar que cualquier tiempo pasado que vivió tu pareja junto a otra persona fue mejor que el presente contigo. El miedo a “ser poco” o “no estar a la altura” nos fabrica en la cabeza todo tipo de absurdeces tales como “seguro que con ella era más feliz”, “con ella viajaba más”, “ella le gustaba más físicamente”, “ella cocía mejor la pasta”. Miedo a la pérdida. No es otra cosa. Tenemos algo muy preciado para nosotros y no queremos perderlo. Nos invade la inseguridad cuando nos planteamos si seremos capaces de mantenerlo a nuestro lado. Nuestra mente nos juega malas pasadas, pero debemos pararnos a pensar: ¿por qué estoy sintiendo esto? ¿Puedo hacer algo? Sí: nada. No tienes que hacer nada. No tienes que ponerte pecho ni vestir de Prada para que tu novio no deje de quererte. El amor se da porque se siente, y no se puede exigir. “Quiero que me quieras” – Error. No se puede evitar querer alguien (incluso sabiendo que no es para nosotros) de la misma manera que no se puede fabricar amor para quedarnos al lado de una persona con la realmente no vibramos. Por tanto, es mucho más satisfactorio y positivo pensar que si alguien nos quiere en su vida y nos demuestra cariño, fidelidad, confianza, pasión… será que algo tendremos que le guste, ¿no? Nosotros mismos somos nuestros mayores detractores. Por eso es bueno que nuestra pareja nos diga, aunque sea de vez en cuanto, lo estupendos que somos 😉


Hoy la vida te enseña que sólo vemos el pasado, sin pensar que el futuro puede ser otro diferente al que dábamos por hecho, y que sólo se conserva lo que no se amarra. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Llantera en libertad

Lloro. Lloro de pena y de rabia. Pena que siento de mí misma y rabia por ser como soy. ¿Por qué no puedo ser una persona normal y sin vueltas? ¿Qué es ese resorte que me hace saltar cuando la situación no me gusta o no sé cómo manejarla? ¿Sólo me pasa a mí o es algo que le pasa a más gente? No hay nada que desee con más fuerzas que levantarme un día y ser una persona completamente diferente. En todo. Empezar de cero. Hacer un reset mental que me lleve a vivir de nuevo sin toda la porquería que aún llevo en la mochila. Olvidar la sensación crónica de desamparo. El ansia por ser feliz a cada segundo. El desasosiego porque no se cumplan mis sueños. Olvidar los miedos irracionalmente fundados. En definitiva: ser libre.

Si lo pienso bien, sólo se es completamente libre una vez en la vida: cuando se nace. A partir de ahí estamos condicionados desde que el médico nos hace llorar pegándonos una palmada en el culo. “¿No lloras? Ahora vas a llorar”. Te plantan un nombre con más o menos acierto. De niño te obligan a comer cosas que no te gustan y te restringen las que te fascinan. ¿Qué hay de malo en comer macarrones con tomate? ¿Por qué las berzas tienen supremacía sobre ellos? Siempre he envidiado a los niños italianos… Alguien elige tu ropa hasta el instituto y cuando llegas a la Universidad aún no has tomado ni una decisión significativa en tu vida, salvo la carrera que quieres estudiar (a veces ni eso) o donde prefieres jugar al mus o tomar cañas. Aprovecha esta fase porque el día que entres en el mundo laboral pierdes una media de 8 a 12 horas de libertad diaria. Ya, si quieres cavar tu tumba libertaria, puedes firmar un crédito hipotecario a 40 años. Para cuando termines de pagarlo, el piso ya no te hará falta, porque ni te gusta ni el barrio es el que era, y algún día tendrás que meterte en una residencia a que, de nuevo, alguien te vista, te obligue a comer algo lejos de ser sabroso y tu sensación de desamparo alcance su punto álgido.
Todo son obligaciones e impedimentos para hacer realmente lo que nos gusta en la vida, como tocar la guitarra, ver pelis, salir a pasear, hacer cosas con tu churri. ¡Pero si no hay tiempo de nada! Qué estrés. Y qué lejos se pueden sentir dos personas que viven bajo el mismo techo. Cada una de un mundo, con actividades diferentes, con unas experiencias y maneras de ver la vida tan opuestas que apetece hacer una lista titulada “Cosas que me gustan de ti” y pegarla a la nevera con un imán-souvenir para no perder de vista la relación, más allá de compañeros de piso. 

La clave de la felicidad en pareja no es ningún misterio. La teoría me dice que consiste en vivir el momento y disfrutar de cada cosa que se haga, por insignificante que parezca. Pero ponerlo en práctica para mí, es más difícil que desenrollar los nudos de mis auriculares. ¿Por qué? Porque existen las expectativas. La ilusión de que las cosas sucedan como las imaginas en la mente. Las personas soñadoras y con una idea del amor que empalagaría a Corín Tellado, esperamos la sorpresa constante, la frase ideal, el regalo perfecto, la sonrisa en los labios, el abrazo donde perderse, el beso más apasionado y los ojos humedecidos de la emoción de saber que has encontrado al amor de tu vida. Cursi o no, es así, y claro, cuando no llega nada de eso, o no llega a tiempo, viene la decepción. A muchos hombres esto le sonará a ciencia ficción o a película de Jennifer Aniston. Pero las mujeres, como dice el libro, somos de Venus (aunque yo creo que soy de más para allá de Urano…) y la seducción forma parte de nuestro código genético. Por muy bien plantada, independiente, reafirmada en su soltería, etc. que sea una mujer, todas caemos rendidas ante un hombre que nos haga sentir amadas y especiales. ¿Y cómo se demuestra el amor? Ay, amigos. Millones de años de evolución y aún estamos así. Frases como “las mujeres sois raras”, “no sabéis lo que queréis”, “el romanticismo es cosa de películas americanas”, “los cuentos de hadas no existen”, etc. y puede que todo eso tenga parte de verdad. Pero a las féminas nos hace felices un post-it en el baño diciendo “te quiero”, unas flores, una escapada sorpresa de fin de semana, una cena romántica, una canción dedicada (aunque sea en el salón de casa y en zapatillas), o cualquier tontería del estilo que, sin tener ningún valor económico, diga a gritos: te quiero y deseo estar siempre contigo. Tened en cuenta que mi idea del amor verdadero es que tu pareja te ofrezca, sin titubear, el jugoso corazón de su tajada de sandía en un caluroso día de agosto.

Volviendo al planeta tierra y a las lágrimas sin consuelo. Los enfados y frustraciones son conflictos que tenemos con nosotros mismos, por lo que no podemos hacer responsables al prójimo. Ni siquiera porque se deje los calcetines en el suelo. No nos engañemos. Si la felicidad consistiera simplemente en hacer lo que he dicho en el párrafo anterior, ninguna pareja discutiría y todo sería de color rosa chicle, o no hubiéramos rechazado vilmente a aquellos pretendientes que un día pusieron el mundo a nuestros pies. Quizás, y sólo quizás, me haya saltado un pequeño detallito…: que uno no se deja querer por otro si no se quiere a sí mismo primero. En mi caso, nunca me he tenido en muy alta estima y sospecho que es ahí donde vive y reina la raíz de mi angustia vital. Yo lo tengo todo para ser feliz y, sin embargo, me resisto a que me quieran. No creo que merezca que me amen y por eso desconfío de quien lo hace sin esperar nada a cambio. Es increíble como los miedos y traumas del pasado no nos dejan avanzar en la vida y, aunque tozudamente nos neguemos a ello, hay que seguir adelante. Y si solos no podemos, pedimos ayuda. Que no nos de vergüenza caminar de la mano de alguien (o con alguna patadita en el culo para comprometerte). Al fin y al cabo, nunca dejamos de aprender y, además, estamos condenados a ser felices, queramos o no.


Hoy la vida te enseña que el amor y los mimos comienzan en uno mismo, y que resistirse a ser querido no tiene sentido. Seguiremos caminando y esperaremos a que el verano traiga sus frutas de temporada. 

martes, 16 de febrero de 2016

El Defecto Mariposa

¿Sabéis esa frase que dice: lo importante no es llegar, sino mantenerse? Yo, ahora sí. Antes no había reparado mucho en ella ni en su aplicación a la vida real. Pensaba que era para emprendedores de éxito que inventaron el Bitter Kas o los cacahuetes recubiertos de miel, a los que no les bastaba con llegar a ser famosos sino que, además, tendrían que aguantar el tipo y resistir haciéndose un hueco en el mercado. Digamos que una se pasa la vida anhelando algo y cuando por fin lo encuentra la única pregunta que se le pasa por la cabeza es: ¿y ahora qué? Pero no es en plan despectivo o quitándole valor, ni mucho menos. Es una duda que inunda la mente, como quien ve por primera vez el mar. Sabe que es grande. Lo encuentra precioso. Pero por las piernas hacia arriba le recorre un miedo pensando que, si no aprende a flotar, podría ahogarse entre sus olas.

De la misma forma suben las mariposas por la barriga cuando conoces a alguien especial. Sientes nervios por verle, por la intriga de saber cómo irá el próximo encuentro. Te maquillas con más esmero, intentas impresionar vistiendo bien (pero sin dejar notar que estuviste mucho tiempo delante del armario sin saber qué ponerte, mientras las manillas del reloj iban más rápido para reírse de ti). Llega el momento. Te aproximas al punto de encuentro y lo ves esperándote. Las mariposas del estómago suben y bajan hasta que se te aflojan las rodillas y tus pies hacen un esfuerzo adicional para no caer desde donde te has subido. ¡Ponte los tenis, presumida! – te gritan desde el suelo. Pero aunque toda la caballería de una peli del oeste te gritara a la vez, tú sólo tienes ojos y oídos para él. Te acercas y él abre los brazos mientras te dedica una amplia sonrisa. En ese momento deseas que se pare el mundo. Un abrazo, un beso, y un suspiro que sólo puede interpretarse como la paz que siente quien encuentra cobijo tras una noche fría y lluviosa. Luego, cogidos de la mano, del brazo o jugueteando con los dedos por las calles caminan hasta llegar a un sitio donde seguir mirándose. Perdón. Admirándose. Todos son caricias, miradas, sonrisas, palabras halagadoras. Síntomas inequívocos de primeras citas donde no hay cabida para fallos, defectos o reproches. 
Pero todo llega como llegan las rebajas de enero.

Las relaciones sentimentales de los adultos no pueden compararse a la de los jovencitos que comienzan sus noviazgos con quince o dieciséis años, en los que, a priori, tienen toda una vida por delante para conocerse y adaptarse el uno al otro. Se puede decir que estas parejas crecen juntas. Suelen ir al mismo instituto, salir en la misma pandilla, escuchar la misma música, ver las mismas pelis y sus padres acaban adoptando a la pareja de su retoño como un hijo más. En caso de que pases la treintena ya es un poco tarde para eso. Para alguien de esa edad, cada cita amorosa es equivalente a un año de esa pareja de chavales cuyo tiempo lo ocupa viendo una serie americana mientras come palomitas en el sofá de casa en vez de hacer los deberes de latín. (¿Se sigue dando latín? Bueno, o pretecnología o lo que sea que se estudie ahora). De modo que en un mes ya debes haber recopilado la información suficiente y haber sentido algo que te haga pensar que lo vuestro tiene futuro. Pero, ¿queremos un futuro juntos? ¿O seguimos estancados en vivir el presente y no complicarnos la existencia? Y si cada uno tiene su casa, ¿dónde vivimos? ¿Te vienes tú o me voy yo? ¿Queremos casarnos algún día? Es pronto, claro… pero… dentro de mucho tiempo, tampoco. ¿Hijos? Ah, perdón, que vamos muy rápido. Bueno, rápido era con veinte, ahora ya es que a este paso los vamos a tener que fabricar en una yogurtera…

Son tantas las ansias de ser feliz y alcanzar el equilibrio perfecto, que puede aparecer una cierta sensación de ahogo. Te gusta, pero te asusta. “En la vida hay que arriesgar” – piensas mientras das un sorbo al café. En tu pijama de invierno ya no luces tan estupenda como con ese vestido que te pusiste para vuestra primera cena romántica. Claro que él tampoco enamora recién levantado. ¿Conocéis a alguna pareja como la de los anuncios de cereales integrales? Con el frío que hace en las casas malagueñas dudo mucho que alguna duerma con un leve camisón o que alguno se levante con el torso desnudo marcando abdominales. No,  señores. La realidad es calcetines gordos y pelos revueltos. ¿Por qué luchar contra ello? Ser natural y poder sentirse cómodo crea confianza en la pareja. La televisión no trae más que frustraciones si comprobamos que nuestra vida cotidiana poco tiene que ver con mujeres que se levantan ya maquilladas y hombres con ropa interior a estrenar.

El cortejo en la pareja, como en todo el reino animal, dura el tiempo imprescindible para que los dos se den cuenta de que quieren estar juntos. A partir de ahí, en mi opinión, empieza el verdadero camino hacia el éxito. La convivencia puede ser maravillosa y llena de risas y momentos agradables, siempre y cuando haya un interés por parte de los dos. Querer pasar el mayor tiempo posible con tu persona favorita y que ella sienta lo mismo por ti es una sensación mucho más placentera que la incertidumbre inicial de no saber si lo vuestro durará o, si por el contrario, será efímero. Quizás los nervios en la barriga sean sólo síntoma de miedo ante lo desconocido, a no saber si seremos capaces de manejar la situación. Si es así, ¿por qué nos resistimos a que las mariposas se vayan? ¿No es mejor llenar el estómago de aire y expirar profundamente? ¿O acaso necesitamos el cortejo constante? ¿Esperamos seducción una vez seducidos?


Hoy la vida te enseña que si pretendes construir una relación sólida más vale despertar despeinados y abrazando, que mil mariposas volando. 

martes, 12 de enero de 2016

(Con) Trato Basura

Por todos es sabido que el mercado de trabajo en nuestros días no pasa por su mejor momento. De hecho, lleva décadas sin mejorar, y lo que es más, tiene toda la pinta de que vaya a peor. La cuestión no pasa porque no se creen puestos de trabajo, sino porque los que se crean son de mala calidad. Y aquí está el chiste. Las empresas, por miedo a que un trabajador no sea productivo pasado el tiempo, o simplemente quieren ahorrarse su sueldo cuando la producción baje, escogen la carta del contrato temporal. ¡Como si tener un contrato indefinido te permitiera jubilarte en dicha empresa! Sólo que es más papeleo y la empresa, hoy por hoy,  busca la rapidez, la eficacia y el hacerlo todo de manera inmediata. Hoy te quiero aquí, mañana no. Hoy eres un trabajador estupendo pero dentro de tres días tu puesto, de repente, ya no es necesario. Las organizaciones, en general, no son conscientes del importante papel que juegan en la sociedad. No sólo se trata de producir y vender. Se trata, además, de ser partícipes del bienestar de los ciudadanos, ofreciéndoles calidad de vida, un presente y un futuro. Nos quejamos de que los jóvenes viven con sus padres hasta una avanzada edad. No hablo de ni-nis devoradores de videojuegos y calienta-bancos del parque. Sino de gente preparada, con estudios, experiencia, aptitudes e ilusiones que, tristemente, sueñan con que, al menos, les ofrezcan un contrato temporal para llenar currículum y cotizar tímidamente a la Seguridad Social, aunque sean seis meses. Es una pena. Tras un año de trabajo, la empresa, forzada por ley, tiene que decidir si al empleado se le hace un contrato indefinido o si, por el contrario, se le manda a casa por el camino más corto. ¿Difícil decisión? Para nada. “Se va este y viene otro. Y si al próximo le podemos pagar menos, mucho mejor”. ¿Carrera profesional, dices? Eso ya es ciencia ficción.

Nadie se compromete con nadie. Vivimos en la época del no pillarse los dedos, del no morir por la boca, del si te he visto, no me acuerdo. Esto que, sin piedad ninguna, comento de las empresas, lo puedo aplicar al mundo de las relaciones personales sin que me tiemblen los dedos sobre las teclas. Veamos. Dos personas se conocen, se gustan y empiezan a salir firmando un contrato temporal amoroso. Al principio cada uno va un poco a su rollo. Incluso se puede tantear la posibilidad de frecuentar a otras personas (el equivalebte a echar cvs en otras empresas por si interesa más, pero sin soltar lo que tengo, aunque me sepa a poco). Tantear el terreno sería el período de prueba. Una vez superado éste, comienza el rodaje de verdad. Pasan los meses y todo va como la seda. Desaparece la idea de moverse de donde uno está. Se crea una situación cómoda y es agradable saber que tienes con quién ir a cenar, ver una peli en casa o ir a una boda sin que nadie se compadezca de ti. Pero, como todo en este mundo azul, tiene una fecha límite. El contrato temporal llega a su fin y hay que decidir si se disuelve o si se da un paso adelante. Generalmente, cuando este momento llega, uno de los individuos (ella, casi siempre), ya tiene la ilusión de que su amado se arme de valor para declararle su amor incondicional, y por fin, se comprometan a forjar un futuro, uno al lado del otro. Esto que suena muy cursi y anticuado, ha funcionado así desde que llueve para abajo. La chica sueña con que su caballero de reluciente armadura venga a buscarla en su corcel blanco. Antes, cada uno sabía cuál era su papel en el arte de amar: ellos conquistaban y ellas se dejaban conquistar. Fácil, ¿no? Pues ahora es: las chicas persiguen a los chicos y los chicos lo tienen tan fácil que pueden saltar de una a otra sin tener que ofrecer nada a cambio. O lo que es lo mismo, ¿para qué hacer un contrato indefinido si puedo renovar plantilla cada seis meses? Ley de oferta y demanda. Antes los hombres no se comían ni el agujero de un donut a menos que pasaran por la vicaría. Y si pegaban a la puerta de al lado, topaban con otra chica que tampoco se iba a dejar manosear sin una firme declaración de intenciones. Creo que eso es lo que quieren decir nuestras abuelas con la expresión “darse a valer”. Ahora ya vas a un bar o te bajas una aplicación para el móvil y tienes un plantel de caras (algunas con cuerpo) para elegir con quién pasar esta noche. Luego nos quejamos de que nadie quiere un compromiso, de que no encontramos a nuestra media naranja, de que tener hijos está a años luz para gente rozando los cuarenta… ¿Cómo hemos llegado a ser tan frívolos? ¡Ojo! Líbreme el espíritu del Gran César de defender la virginidad hasta el matrimonio o de no disfrutar de los placeres de la carne cuando a uno mejor le plazca. Pero considero que, a veces, perdemos de vista el porqué de las cosas y nos sorprendemos cuando, de pronto, alguien nos echa de su vida o nos echan de un trabajo. La razón es que, a pesar de ser un espécimen válido, se nos desecha en ocasiones, simplemente porque nos hemos vuelto intercambiables cual cromos de Panini. Siempre va a haber algún parado que trabaje en peores condiciones y siempre va a haber otra vaca en la dehesa. Y si encima te da la leche gratis, ¿para qué comprar el animal entero?


Hoy, la vida te enseña que el largo plazo está pasado de moda. Ahora se lleva el usar y tirar. El aquí y el ahora. Me niego. Reivindico las relaciones duraderas, tanto las laborales como las personales porque, de otra manera, estamos abocados a llegar a los cuarenta parados y solos como la una. Pero eso sí, con una agenda de contactos como las Páginas Amarillas. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

V de Veleta

No puedo respirar. Siento un nudo en la garganta. Me ahogo. Tengo el pulso acelerado y empiezo a hiperventilar. Es la sensación de estar desprotegida, sin amparo ni consuelo. Nadie me comprende. Quiero estar sola. Me voy a mi casa. Ya he llegado. Estoy a salvo.

Si tuviera que hacer la cuenta de todas las veces que esos pensamientos han atormentado mi mente, perdería un día completo de mi extraña vida. Hoy los he vuelto a tener. Veinte minutos que se han hecho eternos sin poder dejar de preguntarme qué pasa conmigo y por qué soy tan sumamente idiota. Es cierto que me faltaba el aire y que mi cuerpo se empapaba de sudor a medida que andaba, y no sólo por el hecho de que hace un calor inusual para el mes de diciembre. Es porque sé que lo estoy haciendo mal. De nuevo mi clásico sabotaje me sirve de escudo para no enfrentarme a lo que de tanto tiempo llevo huyendo: a mí misma.

Hasta ahora, sólo los pertenecientes a mi círculo de confianza han soportado con mucha paciencia y toneladas de cariño, mi mal humor, mi genio indomable y mis ganas infinitas de discutir e imponer mis ideas (e incluso, mi voluntad). Mi familia y mis amigos saben cómo soy y no quieren hacerme daño apuntando con el dedo aquellas actitudes que no me benefician. Sobre todo, porque cuando lo han hecho yo he montado en cólera y me ha costado más de una llantina. Pero, ¿a quién le gusta que le digan lo malo de uno mismo? A mí me provoca profunda vergüenza ver cómo alguien a quien quiero señala mis defectos y complejos que viven dentro de mí. La razón es muy simple: yo también lo pienso. No hay nada nuevo en una crítica que se haga hacia mi persona, puesto que soy consciente de mi cara b, de ese lado oscuro que trato por todos los medios de esconder y que, irremediablemente, acaba saliendo.

“La gente te tiene miedo y por eso no te dice las cosas a la cara. No te quiere ver enfadada y prefieren no discutir contigo. Estás acostumbrada a que nadie te tosa”.  -  Uf. Duro. Muy duro. Tan duro como sorprendente para mí, que no haya querido ocultar mi lado feo al dueño de esas palabras que tanto se me han clavado. En tan poco tiempo que llevamos conociéndonos ya me he mostrado como soy. Sin tapujos y con los traumas al aire. Eso sólo puede significar una cosa: esto es algo. Algo grande y novedoso. Siempre he usado, de una manera inconsciente (no soy tan malvada), mi ser más despiadado y grosero cuando quería salir de una situación emocional, la cual no podía estirarse más. Requería un gran desgaste mental, pero pensaba que era más fácil disolver una relación insostenible que afrontar mi pensamiento sincero de “esta persona no es lo que busco. Díselo y acaba con esto”.

En esta ocasión es diferente. Quizás he sacado muy rápido mis sapos y culebras a pasear como llamada de auxilio a un SEPRONA emocional, con la intención de que vengan a por ellos de una vez. O porque desde el primer contacto supe que es la persona que llevo esperando tantos años a que venga a sacarme de la oscuridad. Si Platón me hubiera conocido, la Alegoría de la Caverna, se llamaría el Mito de Suchiqui. No hay nadie a quien le dé más miedo el mundo de la luz que a mí. Dentro de mi mente, yo creo mi mundo, manejo las sombras, juego con los sonidos y disfruto imaginando lo que habrá fuera. Salir de mi universo y enfrentarme a un mundo aburrido, sin imaginación, donde hay que aceptar la realidad tal y como es, sin vueltas, ni dramas, ni exageraciones, siempre me ha creado un rechazo absoluto.

Sin embargo, dentro de mi oscuridad sólo estoy yo, y ese el problema real que crea mi desasosiego. Nunca he dejado que nadie entre. Soy hija única y no comparto mis juguetes ni cambio mi forma de jugar por nadie.  Soy yo la que sale a la puerta a relacionarme con el mundo cuando a mí me apetece. Pero, ¿y si alguien se ha colado en mi vida y sabe lo que estoy pasando porque ya lo ha vivido? De otra forma no podría saber lo que yo siento. Me mira y me traspasa. Ve dentro de mí. Nunca antes había tenido esta sensación y me abruma. La pereza, la comodidad y mi propia obstinación han hecho que no haya tenido la intención real de salir al mundo de luz. Una gran desconfianza invade mi alma y me siento vulnerable. Si salgo me pueden hacer daño. Pero si no salgo, me voy a perder aquellas experiencias que mi caverna no me ofrece, y con las que toda mi vida he fantaseado.


Hoy la vida te enseña que hasta para ser feliz hay que valer. Así que lo voy a hacer. Voy a salir de la oscuridad, porque allí donde no quiero ir, está mi tesoro.