miércoles, 11 de mayo de 2016

Llantera en libertad

Lloro. Lloro de pena y de rabia. Pena que siento de mí misma y rabia por ser como soy. ¿Por qué no puedo ser una persona normal y sin vueltas? ¿Qué es ese resorte que me hace saltar cuando la situación no me gusta o no sé cómo manejarla? ¿Sólo me pasa a mí o es algo que le pasa a más gente? No hay nada que desee con más fuerzas que levantarme un día y ser una persona completamente diferente. En todo. Empezar de cero. Hacer un reset mental que me lleve a vivir de nuevo sin toda la porquería que aún llevo en la mochila. Olvidar la sensación crónica de desamparo. El ansia por ser feliz a cada segundo. El desasosiego porque no se cumplan mis sueños. Olvidar los miedos irracionalmente fundados. En definitiva: ser libre.

Si lo pienso bien, sólo se es completamente libre una vez en la vida: cuando se nace. A partir de ahí estamos condicionados desde que el médico nos hace llorar pegándonos una palmada en el culo. “¿No lloras? Ahora vas a llorar”. Te plantan un nombre con más o menos acierto. De niño te obligan a comer cosas que no te gustan y te restringen las que te fascinan. ¿Qué hay de malo en comer macarrones con tomate? ¿Por qué las berzas tienen supremacía sobre ellos? Siempre he envidiado a los niños italianos… Alguien elige tu ropa hasta el instituto y cuando llegas a la Universidad aún no has tomado ni una decisión significativa en tu vida, salvo la carrera que quieres estudiar (a veces ni eso) o donde prefieres jugar al mus o tomar cañas. Aprovecha esta fase porque el día que entres en el mundo laboral pierdes una media de 8 a 12 horas de libertad diaria. Ya, si quieres cavar tu tumba libertaria, puedes firmar un crédito hipotecario a 40 años. Para cuando termines de pagarlo, el piso ya no te hará falta, porque ni te gusta ni el barrio es el que era, y algún día tendrás que meterte en una residencia a que, de nuevo, alguien te vista, te obligue a comer algo lejos de ser sabroso y tu sensación de desamparo alcance su punto álgido.
Todo son obligaciones e impedimentos para hacer realmente lo que nos gusta en la vida, como tocar la guitarra, ver pelis, salir a pasear, hacer cosas con tu churri. ¡Pero si no hay tiempo de nada! Qué estrés. Y qué lejos se pueden sentir dos personas que viven bajo el mismo techo. Cada una de un mundo, con actividades diferentes, con unas experiencias y maneras de ver la vida tan opuestas que apetece hacer una lista titulada “Cosas que me gustan de ti” y pegarla a la nevera con un imán-souvenir para no perder de vista la relación, más allá de compañeros de piso. 

La clave de la felicidad en pareja no es ningún misterio. La teoría me dice que consiste en vivir el momento y disfrutar de cada cosa que se haga, por insignificante que parezca. Pero ponerlo en práctica para mí, es más difícil que desenrollar los nudos de mis auriculares. ¿Por qué? Porque existen las expectativas. La ilusión de que las cosas sucedan como las imaginas en la mente. Las personas soñadoras y con una idea del amor que empalagaría a Corín Tellado, esperamos la sorpresa constante, la frase ideal, el regalo perfecto, la sonrisa en los labios, el abrazo donde perderse, el beso más apasionado y los ojos humedecidos de la emoción de saber que has encontrado al amor de tu vida. Cursi o no, es así, y claro, cuando no llega nada de eso, o no llega a tiempo, viene la decepción. A muchos hombres esto le sonará a ciencia ficción o a película de Jennifer Aniston. Pero las mujeres, como dice el libro, somos de Venus (aunque yo creo que soy de más para allá de Urano…) y la seducción forma parte de nuestro código genético. Por muy bien plantada, independiente, reafirmada en su soltería, etc. que sea una mujer, todas caemos rendidas ante un hombre que nos haga sentir amadas y especiales. ¿Y cómo se demuestra el amor? Ay, amigos. Millones de años de evolución y aún estamos así. Frases como “las mujeres sois raras”, “no sabéis lo que queréis”, “el romanticismo es cosa de películas americanas”, “los cuentos de hadas no existen”, etc. y puede que todo eso tenga parte de verdad. Pero a las féminas nos hace felices un post-it en el baño diciendo “te quiero”, unas flores, una escapada sorpresa de fin de semana, una cena romántica, una canción dedicada (aunque sea en el salón de casa y en zapatillas), o cualquier tontería del estilo que, sin tener ningún valor económico, diga a gritos: te quiero y deseo estar siempre contigo. Tened en cuenta que mi idea del amor verdadero es que tu pareja te ofrezca, sin titubear, el jugoso corazón de su tajada de sandía en un caluroso día de agosto.

Volviendo al planeta tierra y a las lágrimas sin consuelo. Los enfados y frustraciones son conflictos que tenemos con nosotros mismos, por lo que no podemos hacer responsables al prójimo. Ni siquiera porque se deje los calcetines en el suelo. No nos engañemos. Si la felicidad consistiera simplemente en hacer lo que he dicho en el párrafo anterior, ninguna pareja discutiría y todo sería de color rosa chicle, o no hubiéramos rechazado vilmente a aquellos pretendientes que un día pusieron el mundo a nuestros pies. Quizás, y sólo quizás, me haya saltado un pequeño detallito…: que uno no se deja querer por otro si no se quiere a sí mismo primero. En mi caso, nunca me he tenido en muy alta estima y sospecho que es ahí donde vive y reina la raíz de mi angustia vital. Yo lo tengo todo para ser feliz y, sin embargo, me resisto a que me quieran. No creo que merezca que me amen y por eso desconfío de quien lo hace sin esperar nada a cambio. Es increíble como los miedos y traumas del pasado no nos dejan avanzar en la vida y, aunque tozudamente nos neguemos a ello, hay que seguir adelante. Y si solos no podemos, pedimos ayuda. Que no nos de vergüenza caminar de la mano de alguien (o con alguna patadita en el culo para comprometerte). Al fin y al cabo, nunca dejamos de aprender y, además, estamos condenados a ser felices, queramos o no.


Hoy la vida te enseña que el amor y los mimos comienzan en uno mismo, y que resistirse a ser querido no tiene sentido. Seguiremos caminando y esperaremos a que el verano traiga sus frutas de temporada. 

martes, 16 de febrero de 2016

El Defecto Mariposa

¿Sabéis esa frase que dice: lo importante no es llegar, sino mantenerse? Yo, ahora sí. Antes no había reparado mucho en ella ni en su aplicación a la vida real. Pensaba que era para emprendedores de éxito que inventaron el Bitter Kas o los cacahuetes recubiertos de miel, a los que no les bastaba con llegar a ser famosos sino que, además, tendrían que aguantar el tipo y resistir haciéndose un hueco en el mercado. Digamos que una se pasa la vida anhelando algo y cuando por fin lo encuentra la única pregunta que se le pasa por la cabeza es: ¿y ahora qué? Pero no es en plan despectivo o quitándole valor, ni mucho menos. Es una duda que inunda la mente, como quien ve por primera vez el mar. Sabe que es grande. Lo encuentra precioso. Pero por las piernas hacia arriba le recorre un miedo pensando que, si no aprende a flotar, podría ahogarse entre sus olas.

De la misma forma suben las mariposas por la barriga cuando conoces a alguien especial. Sientes nervios por verle, por la intriga de saber cómo irá el próximo encuentro. Te maquillas con más esmero, intentas impresionar vistiendo bien (pero sin dejar notar que estuviste mucho tiempo delante del armario sin saber qué ponerte, mientras las manillas del reloj iban más rápido para reírse de ti). Llega el momento. Te aproximas al punto de encuentro y lo ves esperándote. Las mariposas del estómago suben y bajan hasta que se te aflojan las rodillas y tus pies hacen un esfuerzo adicional para no caer desde donde te has subido. ¡Ponte los tenis, presumida! – te gritan desde el suelo. Pero aunque toda la caballería de una peli del oeste te gritara a la vez, tú sólo tienes ojos y oídos para él. Te acercas y él abre los brazos mientras te dedica una amplia sonrisa. En ese momento deseas que se pare el mundo. Un abrazo, un beso, y un suspiro que sólo puede interpretarse como la paz que siente quien encuentra cobijo tras una noche fría y lluviosa. Luego, cogidos de la mano, del brazo o jugueteando con los dedos por las calles caminan hasta llegar a un sitio donde seguir mirándose. Perdón. Admirándose. Todos son caricias, miradas, sonrisas, palabras halagadoras. Síntomas inequívocos de primeras citas donde no hay cabida para fallos, defectos o reproches. 
Pero todo llega como llegan las rebajas de enero.

Las relaciones sentimentales de los adultos no pueden compararse a la de los jovencitos que comienzan sus noviazgos con quince o dieciséis años, en los que, a priori, tienen toda una vida por delante para conocerse y adaptarse el uno al otro. Se puede decir que estas parejas crecen juntas. Suelen ir al mismo instituto, salir en la misma pandilla, escuchar la misma música, ver las mismas pelis y sus padres acaban adoptando a la pareja de su retoño como un hijo más. En caso de que pases la treintena ya es un poco tarde para eso. Para alguien de esa edad, cada cita amorosa es equivalente a un año de esa pareja de chavales cuyo tiempo lo ocupa viendo una serie americana mientras come palomitas en el sofá de casa en vez de hacer los deberes de latín. (¿Se sigue dando latín? Bueno, o pretecnología o lo que sea que se estudie ahora). De modo que en un mes ya debes haber recopilado la información suficiente y haber sentido algo que te haga pensar que lo vuestro tiene futuro. Pero, ¿queremos un futuro juntos? ¿O seguimos estancados en vivir el presente y no complicarnos la existencia? Y si cada uno tiene su casa, ¿dónde vivimos? ¿Te vienes tú o me voy yo? ¿Queremos casarnos algún día? Es pronto, claro… pero… dentro de mucho tiempo, tampoco. ¿Hijos? Ah, perdón, que vamos muy rápido. Bueno, rápido era con veinte, ahora ya es que a este paso los vamos a tener que fabricar en una yogurtera…

Son tantas las ansias de ser feliz y alcanzar el equilibrio perfecto, que puede aparecer una cierta sensación de ahogo. Te gusta, pero te asusta. “En la vida hay que arriesgar” – piensas mientras das un sorbo al café. En tu pijama de invierno ya no luces tan estupenda como con ese vestido que te pusiste para vuestra primera cena romántica. Claro que él tampoco enamora recién levantado. ¿Conocéis a alguna pareja como la de los anuncios de cereales integrales? Con el frío que hace en las casas malagueñas dudo mucho que alguna duerma con un leve camisón o que alguno se levante con el torso desnudo marcando abdominales. No,  señores. La realidad es calcetines gordos y pelos revueltos. ¿Por qué luchar contra ello? Ser natural y poder sentirse cómodo crea confianza en la pareja. La televisión no trae más que frustraciones si comprobamos que nuestra vida cotidiana poco tiene que ver con mujeres que se levantan ya maquilladas y hombres con ropa interior a estrenar.

El cortejo en la pareja, como en todo el reino animal, dura el tiempo imprescindible para que los dos se den cuenta de que quieren estar juntos. A partir de ahí, en mi opinión, empieza el verdadero camino hacia el éxito. La convivencia puede ser maravillosa y llena de risas y momentos agradables, siempre y cuando haya un interés por parte de los dos. Querer pasar el mayor tiempo posible con tu persona favorita y que ella sienta lo mismo por ti es una sensación mucho más placentera que la incertidumbre inicial de no saber si lo vuestro durará o, si por el contrario, será efímero. Quizás los nervios en la barriga sean sólo síntoma de miedo ante lo desconocido, a no saber si seremos capaces de manejar la situación. Si es así, ¿por qué nos resistimos a que las mariposas se vayan? ¿No es mejor llenar el estómago de aire y expirar profundamente? ¿O acaso necesitamos el cortejo constante? ¿Esperamos seducción una vez seducidos?


Hoy la vida te enseña que si pretendes construir una relación sólida más vale despertar despeinados y abrazando, que mil mariposas volando. 

martes, 12 de enero de 2016

(Con) Trato Basura

Por todos es sabido que el mercado de trabajo en nuestros días no pasa por su mejor momento. De hecho, lleva décadas sin mejorar, y lo que es más, tiene toda la pinta de que vaya a peor. La cuestión no pasa porque no se creen puestos de trabajo, sino porque los que se crean son de mala calidad. Y aquí está el chiste. Las empresas, por miedo a que un trabajador no sea productivo pasado el tiempo, o simplemente quieren ahorrarse su sueldo cuando la producción baje, escogen la carta del contrato temporal. ¡Como si tener un contrato indefinido te permitiera jubilarte en dicha empresa! Sólo que es más papeleo y la empresa, hoy por hoy,  busca la rapidez, la eficacia y el hacerlo todo de manera inmediata. Hoy te quiero aquí, mañana no. Hoy eres un trabajador estupendo pero dentro de tres días tu puesto, de repente, ya no es necesario. Las organizaciones, en general, no son conscientes del importante papel que juegan en la sociedad. No sólo se trata de producir y vender. Se trata, además, de ser partícipes del bienestar de los ciudadanos, ofreciéndoles calidad de vida, un presente y un futuro. Nos quejamos de que los jóvenes viven con sus padres hasta una avanzada edad. No hablo de ni-nis devoradores de videojuegos y calienta-bancos del parque. Sino de gente preparada, con estudios, experiencia, aptitudes e ilusiones que, tristemente, sueñan con que, al menos, les ofrezcan un contrato temporal para llenar currículum y cotizar tímidamente a la Seguridad Social, aunque sean seis meses. Es una pena. Tras un año de trabajo, la empresa, forzada por ley, tiene que decidir si al empleado se le hace un contrato indefinido o si, por el contrario, se le manda a casa por el camino más corto. ¿Difícil decisión? Para nada. “Se va este y viene otro. Y si al próximo le podemos pagar menos, mucho mejor”. ¿Carrera profesional, dices? Eso ya es ciencia ficción.

Nadie se compromete con nadie. Vivimos en la época del no pillarse los dedos, del no morir por la boca, del si te he visto, no me acuerdo. Esto que, sin piedad ninguna, comento de las empresas, lo puedo aplicar al mundo de las relaciones personales sin que me tiemblen los dedos sobre las teclas. Veamos. Dos personas se conocen, se gustan y empiezan a salir firmando un contrato temporal amoroso. Al principio cada uno va un poco a su rollo. Incluso se puede tantear la posibilidad de frecuentar a otras personas (el equivalebte a echar cvs en otras empresas por si interesa más, pero sin soltar lo que tengo, aunque me sepa a poco). Tantear el terreno sería el período de prueba. Una vez superado éste, comienza el rodaje de verdad. Pasan los meses y todo va como la seda. Desaparece la idea de moverse de donde uno está. Se crea una situación cómoda y es agradable saber que tienes con quién ir a cenar, ver una peli en casa o ir a una boda sin que nadie se compadezca de ti. Pero, como todo en este mundo azul, tiene una fecha límite. El contrato temporal llega a su fin y hay que decidir si se disuelve o si se da un paso adelante. Generalmente, cuando este momento llega, uno de los individuos (ella, casi siempre), ya tiene la ilusión de que su amado se arme de valor para declararle su amor incondicional, y por fin, se comprometan a forjar un futuro, uno al lado del otro. Esto que suena muy cursi y anticuado, ha funcionado así desde que llueve para abajo. La chica sueña con que su caballero de reluciente armadura venga a buscarla en su corcel blanco. Antes, cada uno sabía cuál era su papel en el arte de amar: ellos conquistaban y ellas se dejaban conquistar. Fácil, ¿no? Pues ahora es: las chicas persiguen a los chicos y los chicos lo tienen tan fácil que pueden saltar de una a otra sin tener que ofrecer nada a cambio. O lo que es lo mismo, ¿para qué hacer un contrato indefinido si puedo renovar plantilla cada seis meses? Ley de oferta y demanda. Antes los hombres no se comían ni el agujero de un donut a menos que pasaran por la vicaría. Y si pegaban a la puerta de al lado, topaban con otra chica que tampoco se iba a dejar manosear sin una firme declaración de intenciones. Creo que eso es lo que quieren decir nuestras abuelas con la expresión “darse a valer”. Ahora ya vas a un bar o te bajas una aplicación para el móvil y tienes un plantel de caras (algunas con cuerpo) para elegir con quién pasar esta noche. Luego nos quejamos de que nadie quiere un compromiso, de que no encontramos a nuestra media naranja, de que tener hijos está a años luz para gente rozando los cuarenta… ¿Cómo hemos llegado a ser tan frívolos? ¡Ojo! Líbreme el espíritu del Gran César de defender la virginidad hasta el matrimonio o de no disfrutar de los placeres de la carne cuando a uno mejor le plazca. Pero considero que, a veces, perdemos de vista el porqué de las cosas y nos sorprendemos cuando, de pronto, alguien nos echa de su vida o nos echan de un trabajo. La razón es que, a pesar de ser un espécimen válido, se nos desecha en ocasiones, simplemente porque nos hemos vuelto intercambiables cual cromos de Panini. Siempre va a haber algún parado que trabaje en peores condiciones y siempre va a haber otra vaca en la dehesa. Y si encima te da la leche gratis, ¿para qué comprar el animal entero?


Hoy, la vida te enseña que el largo plazo está pasado de moda. Ahora se lleva el usar y tirar. El aquí y el ahora. Me niego. Reivindico las relaciones duraderas, tanto las laborales como las personales porque, de otra manera, estamos abocados a llegar a los cuarenta parados y solos como la una. Pero eso sí, con una agenda de contactos como las Páginas Amarillas. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

V de Veleta

No puedo respirar. Siento un nudo en la garganta. Me ahogo. Tengo el pulso acelerado y empiezo a hiperventilar. Es la sensación de estar desprotegida, sin amparo ni consuelo. Nadie me comprende. Quiero estar sola. Me voy a mi casa. Ya he llegado. Estoy a salvo.

Si tuviera que hacer la cuenta de todas las veces que esos pensamientos han atormentado mi mente, perdería un día completo de mi extraña vida. Hoy los he vuelto a tener. Veinte minutos que se han hecho eternos sin poder dejar de preguntarme qué pasa conmigo y por qué soy tan sumamente idiota. Es cierto que me faltaba el aire y que mi cuerpo se empapaba de sudor a medida que andaba, y no sólo por el hecho de que hace un calor inusual para el mes de diciembre. Es porque sé que lo estoy haciendo mal. De nuevo mi clásico sabotaje me sirve de escudo para no enfrentarme a lo que de tanto tiempo llevo huyendo: a mí misma.

Hasta ahora, sólo los pertenecientes a mi círculo de confianza han soportado con mucha paciencia y toneladas de cariño, mi mal humor, mi genio indomable y mis ganas infinitas de discutir e imponer mis ideas (e incluso, mi voluntad). Mi familia y mis amigos saben cómo soy y no quieren hacerme daño apuntando con el dedo aquellas actitudes que no me benefician. Sobre todo, porque cuando lo han hecho yo he montado en cólera y me ha costado más de una llantina. Pero, ¿a quién le gusta que le digan lo malo de uno mismo? A mí me provoca profunda vergüenza ver cómo alguien a quien quiero señala mis defectos y complejos que viven dentro de mí. La razón es muy simple: yo también lo pienso. No hay nada nuevo en una crítica que se haga hacia mi persona, puesto que soy consciente de mi cara b, de ese lado oscuro que trato por todos los medios de esconder y que, irremediablemente, acaba saliendo.

“La gente te tiene miedo y por eso no te dice las cosas a la cara. No te quiere ver enfadada y prefieren no discutir contigo. Estás acostumbrada a que nadie te tosa”.  -  Uf. Duro. Muy duro. Tan duro como sorprendente para mí, que no haya querido ocultar mi lado feo al dueño de esas palabras que tanto se me han clavado. En tan poco tiempo que llevamos conociéndonos ya me he mostrado como soy. Sin tapujos y con los traumas al aire. Eso sólo puede significar una cosa: esto es algo. Algo grande y novedoso. Siempre he usado, de una manera inconsciente (no soy tan malvada), mi ser más despiadado y grosero cuando quería salir de una situación emocional, la cual no podía estirarse más. Requería un gran desgaste mental, pero pensaba que era más fácil disolver una relación insostenible que afrontar mi pensamiento sincero de “esta persona no es lo que busco. Díselo y acaba con esto”.

En esta ocasión es diferente. Quizás he sacado muy rápido mis sapos y culebras a pasear como llamada de auxilio a un SEPRONA emocional, con la intención de que vengan a por ellos de una vez. O porque desde el primer contacto supe que es la persona que llevo esperando tantos años a que venga a sacarme de la oscuridad. Si Platón me hubiera conocido, la Alegoría de la Caverna, se llamaría el Mito de Suchiqui. No hay nadie a quien le dé más miedo el mundo de la luz que a mí. Dentro de mi mente, yo creo mi mundo, manejo las sombras, juego con los sonidos y disfruto imaginando lo que habrá fuera. Salir de mi universo y enfrentarme a un mundo aburrido, sin imaginación, donde hay que aceptar la realidad tal y como es, sin vueltas, ni dramas, ni exageraciones, siempre me ha creado un rechazo absoluto.

Sin embargo, dentro de mi oscuridad sólo estoy yo, y ese el problema real que crea mi desasosiego. Nunca he dejado que nadie entre. Soy hija única y no comparto mis juguetes ni cambio mi forma de jugar por nadie.  Soy yo la que sale a la puerta a relacionarme con el mundo cuando a mí me apetece. Pero, ¿y si alguien se ha colado en mi vida y sabe lo que estoy pasando porque ya lo ha vivido? De otra forma no podría saber lo que yo siento. Me mira y me traspasa. Ve dentro de mí. Nunca antes había tenido esta sensación y me abruma. La pereza, la comodidad y mi propia obstinación han hecho que no haya tenido la intención real de salir al mundo de luz. Una gran desconfianza invade mi alma y me siento vulnerable. Si salgo me pueden hacer daño. Pero si no salgo, me voy a perder aquellas experiencias que mi caverna no me ofrece, y con las que toda mi vida he fantaseado.


Hoy la vida te enseña que hasta para ser feliz hay que valer. Así que lo voy a hacer. Voy a salir de la oscuridad, porque allí donde no quiero ir, está mi tesoro. 

sábado, 4 de abril de 2015

Amor de lejos, amor de cangrejos (Parte II )

Más de dos meses han tenido que pasar para reunir el valor y las ganas de escribir este post. Tenía la esperanza de poder ilustrar una historia positiva, donde triunfara el amor y las perdices fueran el plato del día. Ya me gustaría, pero la respuesta es no. Que no se hace realidad lo que esperas. Conforme va pasando el tiempo, los problemas en la relación de pareja a distancia, lejos de solventarse, se agravan. Cada día que pasa es peor que el anterior. Los mensajes se malinterpretan cada vez con más frecuencia. Donde uno pone “buenas noches”, el otro interpreta que pasa de escribir más. Si uno no escribe en dos horas, el otro piensa que está pasando de él. Cada conversación vía Skype se convierte en un tribunal donde no sólo hay que contestar adecuadamente a cada pregunta formulada, sino que la expresión de la cara y el tono de voz juegan un papel primordial para no ofender al que está al otro lado de la pantalla. No es una cuestión de que ambos estén distintos o que ya no se quieran. Es que los dos se sienten agotados por el desgaste que supone no tener cerca a la persona querida y no ver la luz al final del túnel.  

Ambos se resignan a tirar la toalla, pero saben que en algún momento deben hacerlo. Da pavor tomar la decisión de rendirse ante la inviabilidad de la relación. Finalmente, uno de los dos se arma de coraje y da el paso. Los dos rompen de dolor y de rabia, por no haber sabido hacer llegar a buen puerto ese crucero del amor en el que embarcaron con toda la ilusión del mundo y que, lamentablemente, no llegará a su destino. Hay amor, ternura, complicidad, pasión… todo lo necesario para que una relación funcione. Pero si no se está piel con piel, todo eso acaba por desvanecerse.

Y en ese momento, aparecen las duras consecuencias. Generalmente, la persona que no ha tomado la decisión de abandonar la cruzada amorosa, no asume que la historia ha terminado y se resiste usando sus armas. Utiliza el chantaje emocional para hacer ver a la otra persona lo equivocada que está y que debe esperar a que la solución llegue. Una técnica muy utilizada es enviar fotos donde los dos salen felices. Quizás de algunas vacaciones (aunque seguramente cinco minutos antes de hacer la foto estaban teniendo una bronca. Pero eso se olvida…), o alguna fecha señalada tipo San Valentín o un cumpleaños. Otra puede ser la de presentarse de manera espontánea en la casa del otro para demostrar cuánto le importa. El efecto de este recurso dura aproximadamente 24 horas. Lo justo para desatar la euforia inicial por verse después de equis tiempo, y darse cuenta de que en breve se volverán a separar, devolviendo la tristeza y sensación de injusticia a sus vidas. Ya no es una cuestión de dinero ni de tiempo. Puedes pasarte todo un año viajando todos los meses para encontrarte con tu pareja, pero cuando llegas a casa tu soledad te está esperando. Y no tiene ni el detalle de hacerlo con la cena hecha.

Pues bien, cuando la separación ya es una realidad, nos enfrentamos a otro hecho traumático: la pérdida del contacto. Dos personas que viven en ciudades o incluso países distintos no se encontrarán por la calle para tomar un café, ni quedarán para charlar de forma casual o abrazarse para desahogarse. Por tanto, si se corta el hilo de comunicación que les une, todo se acaba. No más mensajes de chat, ni llamadas, ni videoconferencias. Es curioso el uso del término separación porque, en realidad, ya estaban separados. Pero gracias a la tecnología y con mucha, pero mucha voluntad, se mantiene la ilusión de compartir tu vida con una persona que te demuestra que te quiere a pesar de los kilómetros que os separan. Es por ello que, de un día para otro, no saber nada de la que hasta ese instante era tu pareja, es inconcebible. Así que siguen hablando, mensajeándose, se consuelan, se dicen que se echan de menos… vamos, que hacen lo  mismo que el día anterior, sólo que ya “oficialmente” no están juntos. ¿Pero qué juntos? ¡Si lleváis meses separados! Esto que parece surrealista es real como el agua de los charcos. A partir de ese momento de ya no estar, pero seguir hablando, el desasosiego se puede convertir en una obsesión más grande que la distancia en sí. La razón es que cada uno ya puede hacer su vida, el otro no lo ve y la desconfianza se convierte en reina. No hay que dar explicaciones, pero se piden. No se quiere saber, pero se pregunta. No se espera, pero se exige. Es un juego muy peligroso en el que uno se atormenta pensando en lo que estará haciendo el otro y el interrogado, que igual no sale de su casa ni para dar un recado, es acusado de pasar de todo porque se intuye que tiene otros asuntos (por no decir una tercera persona). La presión puede ser tan fuerte que acaba creándose incluso un sentimiento de culpabilidad simplemente por tratar de sentirte bien otra vez, después de ver como tus planes se desmoronan. Muy bonito todo.

¿Solución? No se puede decir que es poner tierra de por medio porque eso ya existía. Pero cortar la comunicación por un tiempo es fundamental para que ambos asuman la nueva situación y, si así lo estiman conveniente, rehacer sus vidas cómo y con quien mejor les plazca. Mi amplia experiencia en el terreno de las relaciones a distancia me dice que no hay que forzar las cosas y que, si las circunstancias cambian, se podrá volver a plantear el volver a estar juntos, siempre y cuando sea factible y haya aún sentimiento verdadero. Lo demás es perder el tiempo.

Hoy la vida te enseña que si vas a pasar una temporada fuera, no te traigas una relación a distancia como souvenir. Mejor tráete el recuerdo de una bonita historia. O si no, un imán para la nevera.

lunes, 26 de enero de 2015

Amor de lejos, amor de cangrejos ( Parte I )

Muchas personas están predestinadas a echar raíces en un sitio y a seguir lo que se supone que es el orden lógico de las cosas. Pongamos por caso a una persona que nace en una ciudad, allí crece, se desarrolla, se casa con su amor del instituto, se reproduce cual hojas de helecho en una maceta y encuentra un trabajo en un radio de treinta kilómetros de su domicilio. Oh sorpresa, yo no soy ese tipo de persona. De hecho, ya desde muy jovencita esa era la peor de mis pesadillas. Con catorce años, una niña tímida y miedosa descubrió que había un mundo más allá del horizonte que divisaba desde su hamaca en la playa. A partir de ahí, mis ansias de conocer, experimentar y vivir al máximo, lejos de disiparse, aumentaron con el paso de los años. ¿Cómo iba yo a quedarme aquí para siempre? ¿Cómo iba a conocer sólo a un chico en mi vida? ¿De verdad iba a estar trabajando en la misma empresa hasta mi jubilación? De eso, nada – me repetía. De hecho, siempre pensé que mi futuro estaría fuera de mi lugar de origen. Pero no pensaba que las cosas fueran a ser tan complicadas...

Esas ganas insaciables de cambiar de escenario cada dos por tres, me han dado grandes momentos de felicidad y una satisfacción personal que no hubiera hallado dentro de los muros de esta ciudad. Para los que hemos sido, o somos, de culo inquieto, la vida no es como una novela, donde, a pesar de existir capítulos, la historia sigue una continuidad. En nuestro caso, ese libro alberga una colección de pasajes (cuentos para no dormir en algún caso) donde cada uno es distinto y, a veces, no guardan ninguna relación con la historieta anterior. No te aburres, esa es la verdad. Pero a cada historia que termina te sientes más cansado porque vuelves, como en el parchís, a la casilla de salida.

Salir de casa en busca de trabajo, estudios, vivir la vida, etc. proporciona, como digo, un valioso bagaje profesional y personal. Sin embargo, todo tiene un precio. Coger la maleta implica, en primer lugar, dejar tu casa. No, más que eso. Dejar tu hogar. Para mí, mi casa es mi templo y cambiarlo por vete-tu-a-saber-lo-que-te-va-a-tocar, no es fácil. Dejar a tu familia y amigos. Se les echa mucho de menos. Cuando todo va bien allá afuera, vale. Pero cuando te sientes mal, aunque sea por una simple gripe, te das cuenta de lo solo que estás. Si además, allá donde vas, hablan un idioma diferente a tu lengua materna, entonces la cosa se complica exponencialmente. Y si encima te enamoras, entonces, y sólo entonces, sabrás con toda seguridad que acabarás sufriendo. Pero mientras tanto, toda la pena que tengas pasa a un segundo plano. Estando enamorado ya no te parece tan cutre donde vives (aunque haya un baño para cinco), el trabajo no te pesa, el idioma te entusiasma de repente y, sigues echando de menos a tu gente, pero esta vez por no poder compartir con ellos la alegría que sientes. ¿Qué voy a contar yo del amor, que no haya cantado ya Raphael? Pues eso. Todo es multicolor. Hasta que deja de serlo. ¿Y cuándo ocurre eso? En el mismo momento en que las dos personas bajan a la tierra, apartan un poco de su visión la nube repleta de pasión y frenesí, y se dan cuenta de que la relación tiene fecha de caducidad. Pero, no aquella que pone en los paquetes de ciertos alimentos a la que nadie hace caso pensando: “bah, esto no caduca, lo ponen para que compres otro”. No. Es una fecha de caducidad real como la de la nata líquida.

Pero los enamorados no quieren admitir que aquella bonita historia tocará su fin en el momento en que la persona de fuera haga su maleta y se marche por el mismo camino por el que llegó. No ven el peligro. En vez de la fecha de caducidad ellos ven un “consumir preferentemente”. Se rompen el coco buscando mil soluciones posibles para no tener que separarse, pero no son conscientes del sacrificio y el dolor que puede implicar. Cuando lo que habías ido a hacer a tierras extrañas se acaba, lo normal es volverse a casa. A menos que encuentres un trabajo y puedas mantenerte a flote y continuar con tu historia. O que uno de los dos se pueda permitir mantener a su amado/a y entonces la cosa puede alargarse. Y digo alargarse y no solucionarse. No todo el mundo está hecho para vivir a costa de otra persona, por un tiempo quizás sí, pero si pasados unos meses sigue sin poder aportar nada, puede llegar a sentirse inútil, y la idea de que en su pueblo tendría más oportunidades le rondará por la cabeza incluso hasta convertirse en una obsesión.

Llegados a este punto sin retorno, la parejita debe decidir si dejarlo o si esperar a ver qué pasa. La simple idea de prescindir el uno del otro hace que se les encoja el corazón, de modo que la descartan. Craso error. Si no hay expectativas de volverse a ver en un tiempo prudencial, en el momento preciso de la despedida acaba el paraíso y comienza el infierno. Así es. Una relación a distancia es como poner en un marco una foto de una deliciosa tarta de chocolate estando a dieta: la miras, la remiras, te encanta, hablas con ella, sueñas con tenerla delante algún día, le cuentas tus penas, tus alegrías, incluso puedes lamer el cristal… pero no podrás olerla, saborearla, no te hará disfrutar ni sonreír, ni siquiera aunque llegues a comer un trocito será suficiente, porque lo que tú quieres es la tarta entera y no te vas a conformar con menos. Tampoco en una relación a distancia te conformas con menos. Quieres a esa persona y la quieres día a día a tu lado, no verla una vez cada dos meses. Dicha situación provoca un continuo estado de frustración que te va quemando poco a poco. Las peleas y discusiones se multiplican, sobre todo porque la comunicación no es cara a cara. A través de un chat o de un teléfono no ves la cara de la otra persona, o el tono en que se expresa, y se pueden malinterpretar los mensajes muy fácilmente. Permanece lo peor de una pareja: los celos, la desconfianza, la falta de empatía o de tacto, el egoísmo o el mal genio, todo ello sumado a la distancia que los separa. Así que las paces tampoco se sellan con un abrazo o con un beso, sino con unas palabras de cariño seguidas, como mucho, de una carita sonriente. Es la sensación de estar con alguien, de serle fiel, de hablar cada día, de hacer planes de futuro, pero al mismo tiempo te sientes solo y vives con la incertidumbre de saber si algún día lo que anhelas se hará realidad.


Continuará…

viernes, 16 de enero de 2015

La juerga del destino

Tras un descanso vacacional con motivo de las fiestas navideñas, es hora de dejar de poner excusas y retomar la actividad diaria. Sin duda, aún tengo resaca de comilonas, licores variados, sobredosis de roscón de reyes y estrés provocado por las compras de última hora. En el día de Reyes del año pasado declaré abiertamente a mi círculo de confianza el top-cinco de mis propósitos para el 2014. Sin embargo, a las alturas de enero en que nos encontramos, aún no he hecho mi lista para este año. Mi profesor de alemán nos ha pedido que la hagamos para practicar la expresión escrita, así que, como cuesta menos trabajo escribir algo real que algo inventado, la haré en breve. Pero esta vez no seré tan ambiciosa proponiéndome objetivos. Cada año deseo que pasen cosas maravillosas que cambien mi vida. Esos acontecimientos que uno imagina cuando sueña despierto: el trabajo de tu vida, el compromiso con la persona amada, que tu familia y amigos siempre estén contigo… La típica estampa de la casita con porche, jardín, niños rubios de ojos verdes, marido ideal y coche familiar, donde incluso al perro le brilla la melena. Aunque, quién sabe, quizás no se cumplieron porque no era el momento y el destino lo tiene en su bandeja de salida para el presente 2015, nunca se sabe. Pero no creo. Hay cosas que le suceden a los demás, pero a mí no. Al menos no como me gustaría. 

Este año voy a ser más cauta y pediré cosas más concretas para que los astros o lo que sea que maneje el cotarro no se equivoque. Es un dicho muy cierto el que dice que hay tener cuidado con lo que se desea, porque puede hacerse realidad. Y tiene sentido. Por ejemplo, deseas un trabajo con todas tus fuerzas cuando estás mano sobre mano, y no te suena el teléfono. Pero si tienes algo en mente, algún plan, un proyecto, un viaje, etc. será tomar la decisión y que te llamen de algo que no estará relacionado con tu profesión. Pero no importa, porque está genial, y más en estos tiempos, que hay que ir allá donde esté el trabajo. Cuando estás acoplado en tu nuevo trabajo, te sale algo de lo tuyo o que parece mejor y, de nuevo, la incertidumbre de qué hacer. Si dejar lo que te salvó de una situación mala o emprender otro camino sin tener claro si tiene proyección de futuro. ¿Y por qué no llegó en primer lugar esta oportunidad? – Te preguntas con cierta indignación. El destino, si es quien mueve los hilos, te mira y te dice: “¿no querías un trabajo? Pues eso te di. Si es que no te viene nada bien”.

Y es que no basta con que las cosas lleguen. Tienen que llegar en el momento perfecto. Da mucha rabia que algo que anhelabas y en la que concentrabas todas tus fuerzas llegue a destiempo. Ese “ahora es tarde”, como diría la copla, produce una sensación de rabia e impotencia que hace que el hecho retumbe en tu cabeza sin poder volver al pasado. Todo en la vida tiene fecha de caducidad. Así lo creo yo. Las emociones, los sentimientos o el éxito no son excepciones, también caducan. No vale que la persona a la que has amado durante mucho tiempo pudiera darte la vida que a ti te hubiera gustado cuando ya no estáis juntos. Igual que no sería justo que un amor del pasado llegase a tu vida un año después para pedirte matrimonio. O que tu ex pareja siempre hubiera sido un desastre y cuando por fin se endereza, ya no tiene cabida en tu mundo. O esa beca o trabajo que hace tiempo te hubiera hecho la persona más feliz del globo, pero ya has movido ficha. 

Quiero pensar que si las cosas no pasan en el momento en que deseamos que ocurran, es porque un poco más adelante nos espera algo en el camino que nos conviene más. También el hecho de que no lo tengamos todo tan fácil viene bien, porque a veces nos cegamos y nos empeñamos en que algo ocurra a la voz de ya, incluso sin haberlo pensado mucho, sólo por pura impulsividad. La paciencia es la madre de la ciencia. Eso dicen. Yo el día que dieron la paciencia me quedé en los columpios y carezco de ella. Aunque con los años creo que voy teniendo un poco más. Son tantas las situaciones en que he sentido la rabia de que no salgan las cosas como yo quiero (la mayoría de la veces) que me faltaría blog para contarlas. Pero debo decir que son más los casos en que, tiempo después, me alegré de que se truncara la historia, porque de otra manera no hubiera podido vivir experiencias enriquecedoras o conocer a gente estupenda que sí que estaba en el sitio y en el momento adecuado.

Pero si algo he aprendido sobre las frustraciones y todo aquello que no nos sale cuando queremos, es que, aunque sea un tópico, la vida da muchas vueltas y lo que tiene que pasar, acaba pasando. Por eso nunca hay que tirar la toalla. Tenemos el derecho a llorar de rabia, a sentirnos mal y gritar “¿por qué?”. Pero a la semana (como máximo), hay que secarse las lágrimas, ponerse de pie y sacar partido a esa nueva situación, que no es la que deseábamos, pero que seguro esconde una experiencia, un aprendizaje y probablemente nos provocará más de un buen rato. Respecto a lo que dejamos atrás, o simplemente, un poco más lejos, por tomar decisiones en pos de alcanzar las metas personales, si realmente merece la pena y tiene que volver a nuestra vida, volverá. Y lo hará con más fuerzas y más ganas, porque el tiempo y la distancia ayudan a madurar y a meditar lo que uno realmente quiere. No porque lo diga el destino, el karma o los dioses del Olympo, sino porque cuando se encuentra algo o a alguien valioso, no podemos dejar que se escape de nuestra vida.
       
Hoy la vida te enseña que hay situaciones que nos parecen injustas y de cuyo auténtico sentido sólo conoceremos con el paso del tiempo, y que la historia puede repetirse en el futuro, esta vez en el momento justo.